Las dos
Venezuelas
Julio M. Prado
En 1976,
España era un hervidero de circunstancias impredecibles; un país que habiendo
sido gobernado sin escrúpulos por casi cuarenta años de férrea dictadura, al fin,
muerto Franco el año anterior, sintió como la soga de la tiranía se iba
aflojando poco a poco y empezaba a respirar un hilillo de libertad en la
garganta entumecida de ultrajes y oprobios. A mí me tocaba hacer el servicio
militar aquel año que cumplía la mayoría de edad, pero como nunca me gustaron
los uniformes y tal vez por el ambiente enrarecido que se vivía entonces en las
dos Españas que menciona Antonio Machado, decidí coger la maleta de manera apresurada y
poner mucha agua de por medio; exactamente siete mil kilómetros de océano
imponente. Llegué a Venezuela una radiante mañana de mayo, con el sol
elevándose tras el majestuoso monte Ávila, cuyo verde semejaba una subyugante
alfombra, en la que apetecía recostarse para disfrutar del limpio azul que sirve de techo a la
hospitalaria ciudad de Caracas, aquella metrópoli que iba a convertirse en mi
hogar por algunas décadas de vivencias inolvidables. Allí me hice hombre, en
toda la extensión de la palabra; allí aprendí y comencé a ejercer los valores
de la democracia, aquella manera de vivir que jamás me hubiera imaginado en mi
inicuo lar de la aldea peninsular. En la capital venezolana se podía palpar en cada rincón
la libertad de expresarse, de exigir, de reclamar; en pocas palabras: Se podía
hablar libremente sin que te vieras coaccionado a callar lo que pensabas o
sintieras en un momento dado. Las calles
de Caracas fueron mi escuela, mi laboratorio de
investigaciones, mi lugar de prácticas existenciales, en las que
aprendí, sobre todo, a amar aquella inmensa urbe donde amabilidad, tolerancia y
afecto eran moneda de curso legal entre los que allí convivíamos e
intercambiábamos sonrisas, abrazos y empatía a partes iguales. Ese es el país
que me brindó la oportunidad de ser lo que soy, de culturizarme, de conocer la vida; aquella fue la ciudad que amé y
me hizo crecer para sentirme ciudadano del
mundo, a fin de saber en profundidad lo que significa la palabra LIBERTAD. Fui
uno más entre el conglomerado de razas, credos y costumbres que podían
disfrutar del mismo espacio sin distinción ni diferencia alguna. Pero, casi sin
que nos diéramos cuenta, todo aquello cambió, sufrió una terrible
transformación, hasta convertir aquel país al norte del sur, en terreno desmantelado
donde solo crece la nostalgia, amurallada de soberbia, de odio y resentimiento. Aquel
país del aro iris, con sus colores multiplicados hasta el cansancio, de pronto se
quedó desvaído y de la noche a la mañana se nos volvió blanco y negro. La amabilidad se transformó en
rencor, la armonía se convirtió en hostilidad y la concordia desapareció para
emerger un antagonismo macabro, una guerra no declarada en la que dos bandos se
enfrentan a diario, haciendo de la calle, plaza o avenida, su particular campo
de batalla, en el que la acritud y la animadversión son las principales armas
que esgrimen, aun cuando sea una sola bandera la que enarbolan bajo el
esplendoroso sol del Caribe. La única voz es el insulto, el único lenguaje es
la humillación, el idioma preferido es el de la ofensa, hasta el punto de
hacerse cotidianidad por puro afán de supervivencia. Aunque quienes no comulgan
con las directrices gubernamentales se valen del susurro, del rumor o del
secreteo para no “herir” susceptibilidades, para no provocar la irascibilidad
del régimen, y evitar detenciones arbitrarias, arrestos preventivos o castigos
ejemplarizantes, por el simple hecho de hacer una crítica que puede llegar a convertirse en "problema de Estado", en
motivo de discusión y penalización en la parcializada tribuna parlamentaria.
Hace poco
tiempo que, con tristeza, dejé aquel enjambre de incertidumbres, para desandar
el camino y regresar al país que una
vez dejé siendo adolescente, donde a cada rato los conocidos me preguntan por todo lo que pasa en Venezuela y yo
no sé qué contestar; no sé cómo explicar el sufrimiento, los antagonismos a muerte,
el odio deambulando a sus anchas en pueblos y ciudades, y entre una y otra conversación se cuela una
lágrima furtiva como única respuesta valedera. El próximo domingo habrá
elecciones municipales en todo aquel inmenso país y se vislumbra un día de
enfrentamientos, de diatribas sangrientas, de no reconocer en el otro al rival
sino el enemigo que hay que destruir, aniquilar, y yo, desde este lado del
charco, solo puedo escribir unas palabras sobre cómo me siento y decir que sigo odiando los
uniformes.

