miércoles, 4 de diciembre de 2013

Las dos Venezuelas


Las dos Venezuelas

Julio M. Prado

En 1976, España era un hervidero de circunstancias impredecibles; un país que habiendo sido gobernado sin escrúpulos por casi cuarenta años de férrea dictadura, al fin, muerto Franco el año anterior, sintió como la soga de la tiranía se iba aflojando poco a poco y empezaba a respirar un hilillo de libertad en la garganta entumecida de ultrajes y oprobios. A mí me tocaba hacer el servicio militar aquel año que cumplía la mayoría de edad, pero como nunca me gustaron los uniformes y tal vez por el ambiente enrarecido que se vivía entonces en las dos Españas que menciona Antonio Machado, decidí coger la maleta de manera apresurada y poner mucha agua de por medio; exactamente siete mil kilómetros de océano imponente. Llegué a Venezuela una radiante mañana de mayo, con el sol elevándose tras el majestuoso monte Ávila, cuyo verde semejaba una subyugante alfombra, en la que apetecía recostarse para disfrutar  del limpio azul que sirve de techo a la hospitalaria ciudad de Caracas, aquella metrópoli que iba a convertirse en mi hogar por algunas décadas de vivencias inolvidables. Allí me hice hombre, en toda la extensión de la palabra; allí aprendí y comencé a ejercer los valores de la democracia, aquella manera de vivir que jamás me hubiera imaginado en mi inicuo lar de la aldea peninsular. En la capital venezolana se podía palpar en cada rincón la libertad de expresarse, de exigir, de reclamar; en pocas palabras: Se podía hablar libremente sin que te vieras coaccionado a callar lo que pensabas o sintieras en un momento dado.  Las calles de Caracas fueron mi escuela, mi laboratorio de  investigaciones, mi lugar de prácticas existenciales, en las que aprendí, sobre todo, a amar aquella inmensa urbe donde amabilidad, tolerancia y afecto eran moneda de curso legal entre los que allí convivíamos e intercambiábamos sonrisas, abrazos y empatía a partes iguales. Ese es el país que me brindó la oportunidad de ser lo que soy, de culturizarme, de conocer la vida; aquella fue la ciudad que amé y me hizo crecer  para sentirme ciudadano del mundo, a fin de saber en profundidad lo que significa la palabra LIBERTAD. Fui uno más entre el conglomerado de razas, credos y costumbres que podían disfrutar del mismo espacio sin distinción ni diferencia alguna. Pero, casi sin que nos diéramos cuenta, todo aquello cambió, sufrió una terrible transformación, hasta convertir aquel país al norte del sur, en terreno desmantelado donde solo crece la nostalgia, amurallada de soberbia, de odio y resentimiento. Aquel país del aro iris, con sus colores multiplicados hasta el cansancio, de pronto se quedó desvaído y de la noche a la mañana se nos volvió blanco y negro. La amabilidad se transformó en rencor, la armonía se convirtió en hostilidad y la concordia desapareció para emerger un antagonismo macabro, una guerra no declarada en la que dos bandos se enfrentan a diario, haciendo de la calle, plaza o avenida, su particular campo de batalla, en el que la acritud y la animadversión son las principales armas que esgrimen, aun cuando sea una sola bandera la que enarbolan bajo el esplendoroso sol del Caribe. La única voz es el insulto, el único lenguaje es la humillación, el idioma preferido es el de la ofensa, hasta el punto de hacerse cotidianidad por puro afán de supervivencia. Aunque quienes no comulgan con las directrices gubernamentales se valen del susurro, del rumor o del secreteo para no “herir” susceptibilidades, para no provocar la irascibilidad del régimen, y evitar detenciones arbitrarias, arrestos preventivos o castigos ejemplarizantes, por el simple hecho de hacer una crítica que puede  llegar a convertirse en "problema de Estado", en motivo de discusión y penalización en la parcializada tribuna parlamentaria.
Hace poco tiempo que, con tristeza, dejé aquel enjambre de incertidumbres, para desandar el camino y regresar al país que una vez dejé siendo adolescente, donde a cada rato los conocidos me preguntan por todo lo que pasa en Venezuela y yo no sé qué contestar; no sé cómo explicar el sufrimiento, los antagonismos a muerte, el odio deambulando a sus anchas en pueblos y ciudades, y entre una y otra conversación se cuela una lágrima furtiva como única respuesta valedera. El próximo domingo habrá elecciones municipales en todo aquel inmenso país y se vislumbra un día de enfrentamientos, de diatribas sangrientas, de no reconocer en el otro al rival sino el enemigo que hay que destruir, aniquilar, y yo, desde este lado del charco, solo puedo escribir unas palabras sobre cómo me siento y decir que sigo odiando los uniformes.


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